La triste realidad. Nerea

Durante más de diez años mi hija Eva se ha dedicado al fútbol. Se enamoró de ese deporte desde el primer día que su primo trajo una pelota a casa. En cuanto tuvo edad suficiente se apuntó al club del barrio donde tenía que jugar con niños ya que no había niñas suficientes para formar un equipo, y ella siempre ha estado encantada, sin importarla que sus compañeros fueran chicos. A ella solo la importaba poder disfrutar de su deporte favorito. Y ahora mismo me duele que dude si seguir jugando o no.

Los problemas comenzaron una vez empezó el instituto. Llegó a esa edad en la cual el cuerpo de una mujer comienza a desarrollarse y las hormonas de chicos y chicas se revolucionan. Hasta entonces nunca habíamos tenido ningún tipo de problema cuando íbamos a verla a los partidos, su equipo era como una piña, y el entrenador la apoyaba mucho. Sin embargo, el primer partido de esta temporada fue distinto.

Ese día Eva amaneció contenta, el primer partido de temporada era su favorito. Era el comienzo de días de fútbol, viajes y momentos para disfrutar. Nos tocaba desplazarnos a una ciudad cercana y nos preparamos para llegar una hora antes del partido. Una vez llegamos nos fuimos a desayunar al bar del polideportivo donde jugaba. Dentro había un grupo de unos cinco chicos de unos 14-15 años que se giraron cuando entramos. Cuando nos sentamos escuché pequeños murmuros provenientes de ese grupo que iban pasando a una conversación en voz alta para que pudiéramos saber lo que estaban diciendo.

– Ahora parece que cualquiera puede jugar al fútbol. – se rieron mientras miraban a Eva.

Vi que Eva bajaba la mirada y le decía a su madre de ir saliendo por si ya había algún compañero fuera. Paola y yo nos miramos y la dije con los ojos que saliera con ella. Una vez vi que las dos ya estaban fuera me giré hacia el grupo de chavales.

– Yo sí que creo que cualquiera puede jugar al fútbol, igual que cualquiera puede jugar al tenis o hacer gimnasia rítmica. Lo importante es ser feliz con lo que uno hace, ¿no? – me fui dejándoles con la palabra en la boca.

Cuando salí Eva estaba junto a su madre y otros compañeros suyos. Unos pocos minutos más tarde llegó su entrenador Jorge que saludóa todos y metió a su equipo dentro del polideportivo. Paola y yo entramos a las gradas y nos sentamos. A lo largo del tiempo, a medida que se acercaba la hora de comienzo del partido las gradas se iban llenando.

El arbitro dio comienzo al partido a toque de silbato. Cuando Eva tocó la pelota por primera vez hubo algún que otro silbido. Cuando estaba con la pelota más de tres segundos sin que ningún niño del equipo rival consiguiera quitársela se oía algún que otro resoplido. A medida que los minutos pasaban esos gestos eran cada vez mayores, llegando a salir de la boca de algún espectador frases machistas recriminando a mi propia hija que estuviera jugando al fútbol en lugar de haciendo ballet. Ese tipo de frases resonaban en mi cabeza y se oían más altas que los gritos de apoyo a los niños que jugaban. Cuando sonó la frase “vete a jugar con muñecas” Jorge se giró y me miró y al instante miramos los dos a Eva. Cuando sonó el pitido que marcaba el final del primer tiempo me bajé a la última grada intentando ponerme en medio y Jorge se acercó a mí desde el campo.

– Estoy aquí, como cada uno de ustedes, para ver a nuestros hijos disfrutar de aquello que más les gusta, – dije elevando el tono para que todos pudieran oírme. – y esto también incluye a mi hija. Una chica que vive el fútbol como el resto de niños que están hoy aquí jugando. Si todas estas frases que mi mujer y yo hemos escuchado en 45 minutos estuvieran dirigidas a sus hijos, ¿cómo se sentirían? – dirigí la mirada hacia cada una de las caras que me miraban desde la grada y vi que algunas de ellas evitaban mirarme.

– Cada uno de sus hijos, tanto chicos como chicas, disfrutan haciendo lo que les gusta, siendo fútbol, natación, bailar o hablar en inglés. Si de verdad quieren ver felices a sus propios hijos, dejen que también lo sean los hijos de otros. – dijo Jorge antes de meterse en los vestuarios.

La segunda parte del partido fue muy distinta, solo se oían gritos de apoyo y aplausos. Al acabar el partido varios padres se nos acercaron para pedirnos disculpas y otros ni nos miraron al salir.

Fuimos hacia la puerta del bar donde habíamos desayunado para esperar a Eva. Cuando salió y nos vio se acercó a nosotros intentando mostrar una sonrisa. Fuimos a despedirnos de Jorge y el resto de padres del equipo y agradecimos su apoyo.

Al entrar en el coche Eva nos preguntó si lo que decían todas esas personas era verdad, si debía dejar el fútbol. Nos dolió en el alma que nos dijera eso, que por varias malas frases machistas nuestra hija se replanteara dejar algo por lo que había vivido durante más de diez años.

– Eva, sabes que nosotros, tu equipo y Jorge te vamos a apoyar siempre. Yo no puedo saber cómo te sientes porque esas palabras que has escuchado en las gradas no iban dirigidas a mí, pero siento el dolor, miedo y rabia que sientes tú ahora mismo.

– Siento decir que esto no solo lo vas a vivir solo hoy, va a estar siempre presente porque hay machismo allá a donde vayas, pero somos nosotros los que podemos luchar contra ello. – dijo Paola.

– Exacto. Si luchamos contra esas palabras, si hacemos caso omiso y nos enfocamos en lo que de verdad queremos el machismo se acabará silenciando porque los golpes que des contra ello, será más fuerte que las frases de mierda que dicen.

Ambos miramos por el espejo buscando la mirada de Eva que sonrió mientras asentía con la cabeza. Los tres sabíamos que el día de hoy era solo el principio, por desgracia iba a haber muchos más días como este. Pero también sabíamos que era el primer día de nuestra lucha contra este tipo de machismo.